Desgraciadamente no he visto demasiadas cosas estos días, pues he estado preparándome para el temible examen de interpretación —estoy verdaderamente acongojado—. En cualquier caso, sí que voy haciéndome un poco a la idea de qué es lo que me espera el próximo mes por aquí.
Pronunciar el griego es bastante sencillo si tu lengua materna es el castellano, así que aquí la gente no se da cuenta fácilmente de que soy extranjero. El problema es que pregunto cosas un tanto obvias, como dónde se compran los billetes de autobús o si hay que hacerle señas de algún tipo al conductor para que pare. Aparte de eso, es inevitable que cometa errores hablando. Total, que a veces tengo la impresión de que más de uno se piensa que soy griego, pero un griego retrasado mental o simplemente gilipollas.
Vivo en el barrio de Exarjia, en casa de mi amiga E. Es en esta zona donde a finales del año pasado un policía se cargó al adolescente Alexis Grigorópulos. Está todo lleno de pintadas llamando a la desobediencia y de chavales tocándose los huevos por ahí, pero de ninguna manera es un gueto tal y como lo pintaban en El País en la época de las revueltas. No pasa nada. Noemí Barrionuevo ya se encargó de aclarar las cosas en su momento y poner a El País en su sitio. Exarjia no es un gueto, sino un barrio de lo más interesante. Ayer, sin embargo, hubo movida al lado de nuestra casa con gases lacrimógenos incluidos.
Es insoportable lo de estar en una ciudad que llevas años queriendo conocer y tener que quedarte en casa estudiando una semana. En fin, el jueves todo habrá acabado y empezarán mis vacaciones.



