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Como me cabrea que el gobierno quiera encomendar a un órgano administrativo (es decir, controlado por un PSOE sumiso a los dictados del lobby musicofarandulero de Ramoncín, Sabina y sus secuaces) y no judicial (que debe ser independiente del poder ejecutivo y legislativo) la suspensión de páginas web, me sumo a este manifiesto, que ya se ha difundido por un sinnúmero de blogs.
Este manifiesto, elaborado de forma conjunta por varios autores, es de todos y de ninguno. Se ha publicado en multitud de sitios web. Si estás de acuerdo y quieres sumarte a él, difúndelo por Internet.
AVISO: Esta entrada es larga. Leer cansa.
A principios de este mes el Tribunal Europeo de Derechos Humanos dictaminó, a raíz de un proceso incoado por una madre italiana, que los crucifijos deben retirarse de las aulas escolares. Los medios de comunicación, como es habitual, poco han aportado al debate. Nos han enseñado a quienes están a favor de la retirada de los crucifijos afirmando que su presencia en las aulas atenta contra la libertad de los padres de educar a sus hijos según sus convicciones sin aportar ningún argumento de peso que lo sustente. Por otro lado se muestra a los defensores de la cruz en el colegio diciendo que cada uno es libre de tener la religión que quiera por mucho crucifijo que haya colgado en la pared, y que la religión cristiana forma parte del patrimonio histórico y del acervo cultural italianos. Por su parte el Partido Democrático, llamado de izquierdas pero siempre cuidadoso de no desagradar a sus votantes creyentes, afirma que el crucifijo no molesta a nadie, y que no hay por qué moverlo de donde está. Con este texto pretendo aportar algunos argumentos que justifiquen por qué los crucifijos deben ser retirados de las aulas.
Es evidente que la sola presencia de un crucifijo en un aula no obliga directamente a nadie a ser cristiano. La prueba es que hay niños musulmanes, ateos, etc. que ven la cruz en su colegio todos los días y no por ello se convierten al cristianismo. El problema es que los símbolos, por mucho que se empeñen en negarlo quienes precisamente suelen defender que se conserven, no solo representan un significado, sino que también lo generan. Incluso si aceptamos que el crucifijo en el aula no representa que el Estado no sea laico (lo cual es mucho aceptar), seguimos ante el problema de que el Estado reserva un lugar privilegiado a un símbolo con el que se identifica solo una parte, sea esta mayor o menor, de la sociedad. El significado que se genera es el de "ser italiano implica, en principio, ser cristiano, aunque cualquiera es libre de no serlo*". Tomar el ser cristiano como punto de partida, como cualidad que se le presupone al ser italiano, implica de alguna manera que el no cristiano no es tan italiano. Incluso dejando a un lado el debate de si los extranjeros deben o no tener plenos derechos y deberes en la sociedad que los recibe, y si deberían ser considerados tan italianos como los demás, hay que tener presente que a día de hoy existen ciudadanos de pura cepa que deciden cambiar de religión o son ateos. Si el Estado aspira a servir al conjunto de la sociedad y a que todos los ciudadanos, incluidos los no cristianos, se identifiquen con él y participen de él, resulta contraproducente generar la imagen del ciudadano prototípico cristiano. Más lógico sería que el Estado emplease símbolos que representen y promuevan valores comunes a todo el conjunto de la sociedad: igualdad ante la ley, derecho a participar de la vida política, libertad de pensamiento, etc.
En esta misma línea quisiera rebatir, o más bien redirigir, el argumento tan a menudo escuchado de que el crucifijo representa la herencia histórica de la sociedad italiana. Es cierto que nuestros valores morales, arte y folclore beben directamente del cristianismo, cosa que nadie pone en cuestión. Si en las paredes de nuestros colegios queremos recordar a los niños qué actores han modelado la sociedad actual, ¿por qué no reservamos entonces un lugar a otros elementos fundamentales tales como la filosofía griega, los ilustrados franceses, los empiristas británicos o el derecho romano? Eso por no hablar del dudoso valor didáctico de una cruz en la pared. Para que los escolares aprendan cuán importante ha sido la religión en la formación de nuestra sociedad, hay disponible una gran cantidad de medios más eficientes que un crucifijo. Es más, no creo que ningún no cristiano sea de la opinión de que el crucifijo solo representa una herencia del pasado y no el poder que aún hoy la Iglesia ostenta. Hay quienes afirman que la cruz simboliza valores humanistas pero, tal y como se explica en el apartado dedicado a los argumentos de las partes en la sentencia del Tribunal, se trata en cualquier caso de la opinión de los cristianos, mientras que los adeptos a otras religiones ven en la cruz sencillamente un símbolo religioso.
Los defensores del crucifijo en las aulas utilizan también el argumento de que los cristianos son mayoría, o de que la mayoría de los ciudadanos proviene de familias cristianas. Esta justificación se basa en el principio erróneo de que quienes son mayoría deben tener más derechos que las minorías. Que las decisiones se tomen por mayoría es democracia, pero que la mayoría se atribuya a sí misma privilegios exclusivos es un abuso de poder. Contar con un lugar en la esfera pública para exhibir símbolos con el que no cuentan los demás es, a mi entender, un privilegio.
Varias de las personas con las que he tratado el asunto de los crucifijos en las aulas han sacado a colación el tema del velo de las mujeres musulmanas. Entiendo que se tratan de asuntos diferentes, pues una cosa es lo que decide hacer un individuo con su apariencia, y otra lo que el Estado hace en un sistema educativo del que la sociedad en conjunto forma parte y que todos pagamos. Sobre la cuestión de las mujeres musulmanas ejerciendo una actividad pública, donde además de individuos libres son representantes del Estado, reconozco no haber sacado conclusiones aún.
Para terminar quisiera llamar la atención sobre la necesidad que existe en nuestro tiempo de reflexionar sobre cómo funcionan los símbolos y qué efectos tienen en el tejido social. Los crucifijos en los colegios, los nombres de las calles, las estatuas en las plazas, el uso del lenguaje, etc. no solo dan testimonio de lo que hemos sido, sino que también hablan de lo que aspiramos a ser.